jueves 24 de diciembre de 2009

Papá; no él


Mi primera pelota me la regaló el mismo que me obsequió mi primera camiseta de fútbol. No casualmente fue el que me hizo hincha de mi club y, también, el que fue DT una vez con el propósito de hacerme debutar en un campeonato de fútbol.
Y lo más importante: el que me enseñó que a la pelota hay que pasarla porque hay una por partido y compañeros, un montón.
En estos días de tanto fetichismo cristiano bien vale reivindicar a los héroes de carne y hueso. Yo elijo a mi papá; el que me hizo regalos auténticos.

domingo 20 de diciembre de 2009

Digno de indignarse


Lo más común hubiese sido escapar. Saltar la pared y correr como los que comprenden que el raje les puede salvar la vida. Hubiese sido su conservación del pellejo, seguramente. Pero quien le haya conocido las entrañas sabe que él no se hubiese perdonado una huida exitosa. Saberse a salvo mientras su amigo era carne de cañón, significaba una autocondena a muerte para el hombre que podría haber escrito un manual de estilo sobre la dignidad.
Ese día del descenso, los hinchas pedían sangre a gritos para saciar sus propias frustraciones. Y qué mejor blanco que un arquero al que le habían hecho dos goles de esos tontos, que invitan a la mesa de la sospecha a comensales hambrientos de culpables. Bastó que el árbitro pitara el final del partido para que comenzara la cacería. El salto masivo del alambrado le advirtió sobre la posible muerte del arquero, que emprendió una carrera veloz. Hasta que una zancadilla lo dejó de cara al piso y listo para ser achurado. Los colmillos afilados de esos verdugos impiadosos desgarraron el buzo y luego los pantalones del arquero. Y en medio de la paliza le escupieron la palabra que más duele: traidor.
A punto de perder su existencia por la horda incontrolable, el arquero espió que López, el nueve, venía corriendo en su auxilio. A las patadas se abrió camino aquel héroe disfrazado de delantero y llegó al rescate de un cuerpo inerte y machucado. López gritó sus verdades, defendió al indefenso y advirtió que si volvían a tocar a su compañero iban a conocer el poder de sus puños.
Fue tal la golpiza que recibió, que ni su madre hubiese sido capaz de reconocerlo. Dos horas después de aquel final bochornoso y ya sin nadie excepto ellos dos, el arquero levantó a López del suelo y lo arrastró hasta el vestuario. Recién entonces al hombre que otro hombre lo salvó de la muerte le chorrearon las lágrimas.

martes 15 de diciembre de 2009

Se merece un monumento


Hubo una vez un gran arquero. Uno bueno de verdad. Flaquito, morochito, que a nadie intimidaba en el arco por su prestancia. Tampoco volaba a los ángulos ni evitaba los goles imposibles. Era uno de esos arqueros comunes al ojo común. Sin embargo los que agudizaban su mirada podían encontrar en él a un hombre astuto, sagaz, que le hacía perder efectividad al delantero contrario con algún movimiento imperceptible. Pero no era esa su mayor virtud. El flaquito, morochito, tenía el coraje de soportar el insulto injusto por algún gol que casi nunca cargaba con su culpa. Había que verlo impávido ante el acusador, que no podía soportar con dignidad los goles rivales. A fuerza de callarse, ese personaje entrañable con el tiempo le demostró al que tanto le reprochaba de qué se trata el fútbol. Acaso un juego que vale la pena compartir con amigos, más allá de la frivolidad que implica una derrota.
Aquel arquero bueno, pero bueno de verdad, es mi hermano. El otro, el delator, fui yo alguna vez. Hoy el Negro –el que era morochito– cumple años. Lamento no poder hacerle nunca un regalo tan grande como me hizo él: enseñarme el significado de jugar al fútbol.

miércoles 9 de diciembre de 2009

¿Y cómo dicen que es eso?


El partido entre felices e infelices se sospechaba existencial. Los tristes de un lado y los sonrientes del otro se enfrentaban tal cual eran. Dichosos los felices que salían a la cancha con una sonrisa. De costadito los espían los infelices, que no les preocupaba en lo más mínimo ocultar sus desgracias. Con esas caras tan amargadas pasearon su fútbol de alto vuelto contra la alegría ajena. Y los goles se sucedieron como antes los infortunios en su vida. Uno, dos, tres, cuatro, hasta ocho llegó la cuenta. Los infelices lograron un triunfo que nadie hubiese obviado festejar, salvo ellos; acostumbrados a la amargura, no pudieron disfrutar.
Sin embargo lo peor no les pasó a los que nada cambiaron. Como nadie les había enseñado a perder, los que hasta ese partido eran felices se llenaron de tristezas.
Desde entonces, en ese lugar de no sé donde nadie es feliz.

Alguien que jugó aquel partido, después de mucho pensar y mucho reír y llorar, concluyó: “La felicidad no se alcanza nunca. Pero ni uno debería dejar de perseguirla. JAMÁS”.

jueves 3 de diciembre de 2009

Relato en vivo de la Revolución


"La pelota la lleva el subcomandante Marcos, seguido de cerca por la CIA; pisa el balón el subcomandante y habilita a sus compañeros, que esperan en el área todos juntos, levantando la mano, como en una asamblea permanente.
Por el sector izquierdo también sube Evo Morales, ante la atenta mirada, disimulada por lentes negros, de marcadores implacables. Son los mismos que sospechan que tienen el partido ganado de antemano, si es que el sistema funciona tal cual lo prevén: cuando al ex líder cocalero se le haga el control antidoping, creen, le dará positivo y, según las normas que ellos mismos han establecido, las penas irán desde la condena internacional hasta la pérdida de puntos. Pero va Evo, pelota al pie, cabeza levantada, distribuyendo juego, aunque reciba patadas y los árbitros callen.
Arriba el viejo Fidel espera con la experiencia de los que lucharon para llegar ahí, al corazón del área, para el toque final. Miles de cubanos lo vivan desde la tribuna, mientras sufren la represión policial por entender que el mundo (capitalista) ha vivido equivocado. Igual nadie se va de la cancha, el partido es apasionante, y aunque la derrota de los de rojo parece inminente, existe un mandato irrenunciable entre los hombres y mujeres sensibles: el designio de este equipo es luchar hasta la victoria, siempre. Lo entienden esos simpatizantes que no dejan de alentar, gritar sus declamaciones y agitar banderas.
Y de pronto Evo escapa, consigue respeto por la coca y desmilitariza su sector de tropas estadounidenses y hay festejo. Igual que cuando se encienden voces latinoamericanas para repudiar el bloqueo económico y moral sobre Cuba. No hay derrota posible cuando se han atravesado murallas, se juega en equipo, y el gol de Evo –uno más- se festeja en Chiapas y llega, como chillido insoportable, a los oídos de la Casa Blanca.
En tanto, el compañero Lula se mueve de izquierda a derecha, en busca de la pelota, que pretende poner bajo su suela. Le hace señas Chávez a distancia, confundido por la posición del brasileño, que amaga por un lado y resuelve por el otro.
Ante la insistencia individual de Lula, el presidente venezolano decide desafiar a la patria del norte y sale eyectado por su banda como un manantial de petróleo. Si pierde la pelota, el Imperio contraataca. Sin embargo, el centro va justo para el Pepe Mujica, que lejos de lucir botines súper auspiciados sorprende con su paso cansino revestido en alpargatas. Pepe la para de pecho, o de panza, no se advierte bien, y ahí nomás hace un cambio de frente, amplio, y el que entra para el gol es el subcomandante Marcos que, como todo autonomista, se libra de las estructuras dominantes. Se levantan en las tribunas de Chiapas, se levantan los pueblos de Latinoamérica en general, Marcos está para definir, va a ser gol y victoria, tiroooooó, gooooooool, goooooooooool, el subcomandante Marcos se saca la camiseta, no así el pasamontañas, y se lee una inscripción que reza ‘Es necesario hacer un nuevo mundo. Un mundo donde quepan muchos mundos, donde quepan todos los mundos’. Emociona el festejo de los pueblos unidos que reclamaban dignidad.
Señoras y señores, hasta acá llegó esta transmisión por la radio clandestina: Sin más, nos despedimos. Es el final del partido; o el principio de otro mucho más grande que todavía está por jugarse".

domingo 29 de noviembre de 2009

La represión del ósculo


Esta es la brevísima historia de un hombre que nunca besó a nadie en la boca. No por arisco ni por falta de ganas. Simplemente, por timidez. Era exclusivamente por culpa de esa manera tan torpe de callar sus sentimientos que andaba con los labios vírgenes.
Más de una señorita o caballero, según los gustos, hubiese besado esa boca cerrada que invita al misterio. ¿Cómo podía un hombre de más de treinta años haber vivido tanto tiempo sin besar? ¿Cómo sería el día que se animara a hacerlo? ¿Sabría cómo? ¿Y si resultaba que ese primer beso tuviera pretensiones de retroactividad?: seguramente se hubiese consagrado como el beso más largo del mundo.

Créanme que este hombre existe. Y que hubo una excepción en su vida. Esa boca grande, de labios carnosos y húmedos se apoyó sobre ella en un ritual que incluyó ojos cerrados, para sentir enteramente. Su comportamiento atípico duró apenas un instante que, para ese hombre, habrá resultado la infinidad misma. Sea su anterior privación o una prueba de fuego, ese día sus labios húmedos se animaron a humedecer. Lástima que ella no pudo contarle a nadie sobre la experiencia. La timidez de él y la lógica mudez de la besada se quedaron con el secreto mejor guardado.

Por falta de atrevimiento, ese hombre todavía sigue sin probar labios ajenos. Lo que no pudo aquella vez fue resistirse a besar una pelota. Justo antes de patear un penal.

lunes 23 de noviembre de 2009

Historia de segundo año


No exagero si digo que para Juan Pereyra, o Mugrelito, como todos le decían, era otra vez el advenimiento de esa maldición que tanto lo atormentaba. En esos momentos cruciales Mugrelito sentía como un ahogo. O hasta cosas más escabrosas; para él, era lo más parecido a morirse. Esa puta manía de tener que arrancar las clases, porque era puta esa manía, según comentaba Mugrelito, le devoraba las ganas de vivir. Marzo era el peor mes del año para él. Era el mes que marcaba un antes y un después en el año. Era el punto de partida hacia el sufrimiento, sin dramatizar ni un poquito sobre el asunto. Y lo peor: marzo determinaba con exactitud calendaria el abandono diario de los partidos de fútbol de Mugrelito en el barrio. Como toda circunstancia que se torna cuesta arriba, volver al colegio le resultaba cada vez más tortuoso con los años. Y encima ahora tenía que ver de nuevo a las mismas profesoras, porque había repetido el curso anterior. Sin embargo, lo que más le molestaba a Mugrelito era tener que ver a la profesora de historia, la Toloza, como le decían. Buena costumbre esa de abreviar nombres. De otro modo, no hubiese sido sencilla la tarea de llamarla Beatriz Olga de los Angeles Toloza de Gómez, así, toda entera. La cuestión es que la profesora de historia lo tenía de hijo a Mugrelito. No es que lo protegiera, ni mucho menos. Lo de hijo es una expresión más bien futbolera, con una connotación de sometimiento y no de amor. Con decir que la Toloza nunca le había puesto más que un “4” y encima lo hacía pasar al frente todas las clases para dejarlo en ridículo. No creo definitivamente en las dualidades tajantes, pero en este caso se puede decir, sin caer en exageraciones, que la profesora era más mala que la peste y Mugrelito, en cambio, era un pedazo de pan. Pasaba al frente de bueno que era. Ni una vez dijo que “no” o se excusó para quedarse sentado. Al contrario, soportó estoico, valiente como los verdaderos próceres, cada intento de humillación. A Mugrelito, el “siéntese tiene un 1” se le había acostumbrado al oído. Así y todo le golpeaba el alma en cada oportunidad. Se había acostumbrado al dicho, no al hecho. Y eso hacía que odiara a la profesora incluso más que a la materia. Un día, de esos en que uno se levanta con ganas de empezar de cero y darle para adelante, hizo una monografía de veinte hojas. Nunca había hecho una cosa parecida. Había escrito sobre algo como nunca antes. Esa vez había abordado desde una respetable redacción el tema del Virreinato del Río de La Plata. Lo había hecho con unas ganas inusitadas y con un pedido implícito de expiación que le obviara recibir el deshonroso “siéntese tiene un 1”. Tenía razón. Esa vez se salvó de la insultante calificación y cortó la racha adversa que lo tenía condenado al descenso escolar. Pero recibió un golpe quizás hasta más duro, cuando desde esa boca, a la vista tan insulsa, se transmitió un mensaje lacónico: “No respetó la consigna, el trabajo no sirve”. Fue el último esfuerzo de Mugrelito por revertir su relación con historia. Ni un paso más dio al respecto. Por cierto, lloró como lloran los generales más sensibles cuando pierden una batalla. Y volvió a su puesto, su pupitre, con toda la resignación que le fue posible juntar. Una mañana de noviembre, la Toloza lo esperó agazapada a la salida de la clase. Tenía una propuesta para hacerle a Mugrelito. Sabía que lo tenía en sus manos y seguramente acorralado a una sola respuesta. Se trataba de un pacto, según parecía. El asunto es que la Toloza tenía un hijo que cursaba en 2°A, el otro segundo del turno, y se estaban por jugar los intercolegiales de fútbol. Los intercolegiales eran campeonatos que nadie quería perderse. Ni los chicos, ni los grandes. Por lo pronto, todos los colegios tenían la posibilidad de presentar dos equipos por cada año: dos segundos, dos terceros y así sucesivamente. Encima, para el campeonato de ese año se decía que iba a ir gente de los clubes más importantes del país para tratar de “rescatar nuevos valores”. Nada más que eso quería Carlos, el Mudito Carlos, hijo de la Toloza. Soñaba con jugar en Primera, en algún club importante. Claro, la Toloza, como buena creyente de las cosas establecidas, estaba convencida de que la historia la escriben los que ganan. Por eso sabía que para que su hijo accediera al privilegio de ser mirado con buenos ojos tenía que ganar el campeonato. Sabía también la Toloza, que al parecer tenía informantes, que Mugrelito era el mejor arquero de esa camada de muchachos de segundo año. Alto y flaco era Mugrelito. Lindo físico para arquero. Como decía, la Toloza lo esperó a la salida de clases. No casualmente ese día no lo había hecho pasar al frente. Aunque Mugrelito eso no lo iba a entender hasta conocer los propósitos de la mujer que tan amarga le hacía la vida. El diálogo no fue fluido. Es más, se trató más de una retórica imperativa que de una charla convincente. Sin mucha vuelta, la Toloza le encomendó que se cambiara de equipo, si es que Mugrelito tenía intenciones de aprobar la materia. Así, lisa y llanamente. No es que la Toloza lo hiciera por compasión. Se trataba de un arreglo artero, de un chantaje. Era probablemente un humillante “6” en historia a cambio de toda una demostración de arrojo que lo arrastrara a Mugrelito hasta dar la vida, si fuera necesario, por un equipo ajeno. Un equipo de otros, de ningún compañero. Mugrelito la escuchó, más por respeto que por interés. Al cabo, no había aprendido muchas cosas en el colegio, pero entendía que el fútbol era maravilloso cuando se juega con amigos. Después del parloteo de la Toloza no sobrevinieron palabras de Mugrelito. De todos modos, Mugrelito dejó entrever con gestos que iba a pensar acerca del asunto. Entiéndase que la Toloza no hubiese aceptado jamás un “no”. La sola negativa de Mugrelito hubiese significado su suicidio o, al menos, su desaprobación en historia para siempre. Por lo pronto, en aquel momento prefirió hacer silencio y postergar sus chances. La fecha límite para presentar las listas era el 15 de junio. O sea, Mugrelito tenía tres días para decidir sobre su futuro inmediato. Aclaro que Mugrelito podía jugar en cualquiera de los dos equipos por una enmienda reglamentaria, que contemplaba el caso de los repetidores de curso, que tenían la posibilidad de jugar en otro equipo que no estuviese integrado necesariamente por los actuales compañeros. Sin embargo Mugrelito no era amigo de ninguno de los de 2°A, el otro curso. Y encima, como contrapartida, era el compañero más querido por los de 2°B. Si nadie lo hubiese presionado era obvio para quien iba a jugar Mugrelito. Pero la Toloza le había puesto la soga al cuello. Hay que entender también una situación como esa, y saber ponerse en el pellejo del otro. El 30 de junio empezó el campeonato. Habían pasado más de dos semanas del insidioso ofrecimiento de la Toloza a Mugrelito. Era el día del debut de 2°B, que sin sobresaltos le ganó a un equipo de un colegio religioso, que la única cruz que llevaba era la de un arquero que al parecer tenía por costumbre no usar las manos para atajar. Ese día también ganó 2°A, que jugó un rato más tarde. En realidad los dos equipos ganaron casi todos los partidos que jugaron. Algún empate por ahí, también alguna derrota, pero ya con la clasificación asegurada. De todas maneras, los de 2°A golearon casi siempre, mientras que lo de 2°B fue más modesto, más trabajoso. Por esas cosas del destino, o del fútbol mismo, los dos equipos llegaron a la final. Ese último partido que ponía en juego más que una Copa. Era noviembre, no un noviembre más para la vida de Mugrelito. Los dos equipos habían sido los mejores, no había dudas de eso. Pero igual Mugrelito hubiese pretendido jugar la final contra otro curso. Sobre todo para evitar problemas mayores. Ese último partido se jugó una tarde de sábado. Una tarde radiante, para colmo. Digo para colmo porque de esa manera no hubo quien quisiera perderse la final. Si por lo menos hubiese llovido, la cantidad de gente hubiese sido menor. Y eso, lo de la cantidad, influye a la hora de medir la magnitud de las consecuencias. Mugrelito sabía que aquello era a todo o nada, no había términos medios. En cuanto a la gente, había una cantidad que le era difícil calcular, pero distinguía entre la multitud la cabellera enrulada de la Toloza. Eso denotaba dos cosas: que Mugrelito tenía el panorama exacto de los grandes arqueros y, también, evidenciaba el cagazo que podía tener un chico de 15 años. El partido empezó con el dominio de 2°A. Tenían gran movilidad, buen toque, aunque les faltaba profundidad. Con el correr de los minutos el dominio se fue acentuando. Los pases ya no eran tan laterales, había una búsqueda más directa y por lo que se veía, en cualquier momento hacían un gol. Un gol que podía empezar a definir el partido, porque venía de baile la cosa. Faltaba eso, meter la última puntada para abrir el partido. El Mudito Carlos no estaba en su mejor día, eso también era evidente. Se perdió goles que habitualmente no erraba. Pero 2°A tenía una chance atrás de la otra. Como pudieron, los de 2°B aguantaron 0 a 0 aquel primer tiempo, en el que prácticamente no tuvieron ni una posibilidad de gol. Lo que sí tuvieron fue una charla en el entretiempo que, según se supo, fue más moral que táctica. Al parecer, el técnico de 2°B, que en horario escolar era el profesor de filosofía, apeló más a la ontología que a las indicaciones sobre el juego. Les habló a sus dirigidos de la voluntad del ser, de la importancia de la participación en los procesos sociales y recién sobre el final se despachó con un comentario futbolero: “Traten de pasársela a un compañero, muchachos”, les indicó. Segundo B salió más confundido que otra cosa, pero a sabiendas de que había que hacerse fuerte, creer fervientemente en las relaciones futboleras, o sociales, que para el caso eran lo mismo, y aguantar como sea. Así fue casi toda esa última parte. Quite por acá, salvadas sobre la línea, atajadas espectaculares y un 0 a 0 que parecía un capricho de la providencia. La Toloza, mientras tanto, sufría desde afuera. En una de esas llegadas profundas, que eran gol en cualquier otra cancha que no fuera esa, se paró súbitamente a la vez que con las manos se agarró la cabeza. Mugrelito la pispeó desde el piso, porque acabada de sacar al córner un tiro que iba derechito al ángulo. Se paró rápido, con instinto de arquero, y se despachó: —Siéntese, tiene un 1... en el arco rival. Sepa que acá tiene un enemigo, uno verdadero— le gritó. A la Toloza el asombro le ganó por completo. Hasta se sentó, como acatando sumisamente una orden. Estaba callada, confundida. Al rato, sin embargo, salió del absorto y destilaba veneno con esa mirada que hubiese amedrentado hasta al más corajudo. Mugrelito a esa altura estaba jugado. Una cosa era ser la figura del equipo contrario del hijo de su declarada enemiga. Pero ese episodio al desnudo, tan a los ojos de todos, valía una sepultura. Fue eso. El saberse jugado. Si no, Mugrelito no se hubiese cruzado toda la cancha, como pasó un rato más tarde, para patear un tiro libre. En aquel momento primero levantó el brazo, suplicando ser visto por el técnico o sus compañeros. Hasta que decidido a obviar todo permiso corrió como un desesperado hasta llegar al área rival, se tiró de cabeza a la pelota y la abrazó como a una madre. Y entonces no quiso soltarla. Porque madre hay una sola. Y oportunidad como esa, como la que se le presentaba a Mugrelito, también. Jamás en su vida había pateado un tiro libre, ni siquiera a un arco formado por buzos o a un arquero imaginario parado entre un par de macetas. Faltaba poco para terminar el partido. Ahí estaba Mugrelito. Nervioso, pero decidido. Podía tirarla a cualquier lado, pero sabía que estaba desafiando a la Toloza y eso le alcanzaba. Acomodó la pelota y ensayó un ritual como hacen los pateadores. Se notaba que había mirado patear a más de uno, eso era claro. Puso la pelota entre sus manos, la apoyó una y otra vez contra el piso, buscando el lugar exacto donde dejarla definitivamente. Hay quien dice que Mugrelito cerró los ojos al momento de patear. No hay confirmación al respecto, pero la pelota fue a dar justo a la espalda de un compañero, que cayó fulminado al instante. Era el “8” del equipo, y estaba parado dentro del área, pero a un costado, lejos de la visual del arquero de 2°A. De repente la pelota cambió de rumbo. Fue de derecha a izquierda, como un rayo, y pegó en un palo. Y no sólo eso, también pegó en la parte de atrás de la pierna del arquero, que estuvo inmóvil todo el tiempo que duró la secuencia. Mansita entró la pelota. Burlonamente mansita. Mugrelito no lo podía creer, pero no tardó en reaccionar. Salió disparado del lugar. Desaforado. Desaforado como nunca antes. Hasta que se paró en la mitad de la cancha, como para no obviar la mirada de nadie. Y ahí nomás se levantó el buzo. Abajo tenía una remera con una leyenda que empezaba en la parte del pecho de Mugrelito y terminaba en su espalda. “Dedicado a Beatriz Olga de los Angeles Toloza de Gómez, una retorcida”, rezaba sentenciosa la inscripción. El resto del tiempo, del poco tiempo que le quedaba al partido, sirvió para que Mugrelito se luciera aún más. Sacó todo lo que le tiraron y mostró seguridad cada vez que tuvo que dar un paso al frente, como cuando iba dispuesto y valiente a recibir el “siéntese tiene un 1”. Porque si algo tenía Mugrelito era valentía. Por cosas como el capricho y el rencor, Mugrelito jamás pudo aprobar historia. Y es el día de hoy que la incidencia de los hechos lo ha llevado a desconocer aspectos fundamentales de la materia. Mugrelito, por ejemplo, al único príncipe que nombra es a Francescoli y sabe de Belgrano porque una vez su papá le contó sobre ese jugadorazo que fue la Pepona Reinaldi. Pero se rompe la cabeza por saber si San Martín nació en Tucumán, Mendoza o San Juan. Sin embargo, lo que lo deja tranquilo a Mugrelito es que “la” Historia lo absolverá. Está seguro porque sabe, y eso sí lo sabe bien, que no es ningún traidor.